El hombre sentado en el pasillo
Con la mirada indiscreta de la cineasta que también es, a la vez distante y comprometida en la acción, Marguerite Duras se las ingenia para sorprender a ese hombre sentado en el pasillo oscuro y a esa mujer acostada al sol en sus desgarrados encuentros amorosos, que se desarrollan en un apoteósico escenario romántico. De esta incursión de voyeuse, de «mirona» descarada, en la actividad sexual de una pareja a la que ve, cree ver o imagina, obtendremos nosotros, los lectores, una pequeña pero no menos soberbia obra maestra del género.
La aparente frialdad y el tono lacónico de quien fija su atención en algo que le sobrecoge, el voluntario despojamiento de las palabras que se presentan semidesnudas, como los cuerpos a los que se refieren, la deliberada contradicción de términos paradójicos y repetición de «instantáneas» y expre-siones que las fijan», otorgan, contrariamente a lo que podría creerse, tal intensidad a las secuencias eróticas, provocan tal estado de sensualidad que desafiamos a lo lectores a que recuerden cuándo, en tan breves páginas, se han deleitado tanto...
Al igual que El mal de la muerte (La sonrisa vertical 40), El hombre sentado en el pasillo sur-gió tras una profunda crisis psíquica marcada por el alcoholismo y que en 1984 dio origen, en la misma depuración de cida, El amante (Andanzas 15 y Fábula 14), con la que ganó el premio Goncourt de aquel año y sobre la que Jean-Jacques Annaud realizaría la película del mismo título en 1991.