El gran dios Brown - Extraño interludio - A Electra le sienta el luto

Traducción: León Mirlas
Editorial: Hyspamerica
Año: 1985
Páginas: 478
ISBN: 84-85471-56-3
Género: Teatro
Disponible
$10000
Leído. Buen estado.

Dos diversos destinos o dos destinos de apariencia diversa convergen en O’Neill, cuyas fechas iniciales y terminales fueron 1888 y 1953.

Uno, el de aventurero y hombre de mar. Fue actor de teatro antes de escribir para el teatro, tarea literaria que le daría mucha felicidad y acaso alguna angustia. Fue buscador de oro en Honduras, como Samuel Clemens (Mark Twain) lo fue en California. El azar o el destino (ambas palabras son sinónimas) lo llevó a Buenos Aires; en alguna de sus piezas recuerda, no sin evidente nostalgia, «el paseo Colón y los vigilantes», el Bajo donde los marineros buscaban el amor mercenario y la confusa exaltación del alcohol. Anduvo por Sudáfrica e Inglaterra. Entre 1923 y 1927 dirigió, con Robert Edmond Jones, el Village Theatre al sur de Manhattan.

Más que las duras circunstancias de su biografía nos importa lo que hizo con ellas y con su infatigable imaginación. Es el más imprevisible de los autores. Pasó, como August Strindberg, del naturalismo a lo simbólico y lo fantástico. Comprendió que el mejor instrumento que les ha sido dado a los hombres para renovar o innovar es la tradición, no servilmente remendada sino ramificada y enriquecida. Repitió en el dialecto de nuestro tiempo, y variando un poco los nombres, antiguas fábulas helénicas ya dramatizadas por Sófocles. Llevó a la escena la Balada del antiguo marinero, de Coleridge. En su Extraño interludio (1928) se oye primero lo que dicen los personajes, con una voz algo distinta, lo que secretamente estaban pensando; siempre lo inquietaron las máscaras y las usó de una manera que no habían sospechado los griegos ni el teatro Nō. En El gran Dios Brown (1926) la viuda del protagonista, un sólido hombre de negocios americano, adora y besa el antifaz usado por él y se olvida del muerto. En El luto le sienta a Electra (1931) los rostros de los actores y la fachada de la gran casa de los Mannon tienen la rigidez de máscaras. El sentido alegórico importa menos que la gravitación de esos símbolos.

Bernard Shaw ha escrito: «Nada hay nuevo en O’Neill, salvo sus novedades.» Los epigramas inge­niosos no precisan ser justos. Eugene O’Neill ha renovado, y sigue renovando, el teatro del mundo.

Jorge Luis Borges