Bartleby
Cuando un autor consigue hacer de una de sus obras un acierto universal, cuando esa obra queda definitivamente ins talada en la historia de las letras, el resto de la creación suele correr el postergado destino de los segundones en la época del mayorazgo. Tal es el caso de Herman Melville y su gloriosa Moby Dick.
La lectura de Bartleby nos convence de que, a pesar del hecho, este hermano menor de la alucinante ballena blanca establece sus propios méritos por un destino diferente. Bartleby es, a su manera, el elogio de la fantasía que se instala solapadamente en el recinto limitado y gris de una oficina. El empecinamiento del misterioso amanuense, su irreversible y mansa rebeldía, traspasan los límites del absurdo, irritan la compasión y por contraste con la razonable conducta de los compañeros de la singular aventura, el relato alcanza los mejores planos del humor.
Ei prólogo de Jorge Luis Borges ubica precisamente al cuento -ahora podría llamársele nouvelle del gran novelista norteamericano que comparte con Edgard Allan Poe, la gloria literaria de su país en el siglo pasado. Borges lo considera anticipación de un género que setenta años después hizo famoso Kafka. De este modo declara la permanente actualidad de un tema, que como todos los grandes temas del hombre, está fuera de lo temporal.