De la brevedad de la vida
Durante veinte siglos, al acercarse a la obra de Séneca, los estudiosos no han podido evitar sentirse perplejos ante la aparente contradicción que existe entre Séneca como filósofo estoico y Séneca como figura humana, histórica. El filósofo argumentó, durante toda su vida, a favor de las disciplinas morales tradicionales del mundo romano, hechas de magnanimidad, desprecio a la muerte y a los bienes terrenos, de una ética exigente e insobornable. El hombre Séneca, en cambio, tuvo una indisimulable tendencia a dejarse tentar por los grandes enemigos de la virtud: el dinero, el poder, la concupiscencia. Esa contradicción, o esa apariencia de contradicción, puede ser trasladada al interior de la obra de Séneca, autor de opúsculos literarios que el cristianismo no tuvo inconveniente en adoptar como propios, al mismo tiempo que dramaturgo en cuyas tra gedias surgen las más vívidas representaciones de las pasiones terrenas.
Séneca realiza en verdad una síntesis -vigorosa y perfectamente adecuada a las preocupaciones de su época y de su medio social- de las doctrinas clásicas de la Stoa y de las enseñanzas de Platón, de Aristóteles y de los epicúreos. Sus fines, más que investigar acerca de la verdad o de las leyes de la naturaleza, consisten en configurar un código ético apto para el reducido círculo de personas sobre las que recaía la responsabilidad de la defensa y el engrandecimiento del imperio romano. Se trataba, para Séneca, de dotar a los romanos de una moral práctica y realista, alejada de la que proponían como universal los clásicos del estoicismo.